— De Reina a Reina —
Carta de la Fe
Caminar cuando todavía no puedes ver
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Carta I
«Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.» — Hebreos 11:1
Querida Reina:
Quiero comenzar esta carta con una confesión: yo también he tenido miedo. He tenido noches en las que oré con la voz temblando, y mañanas en las que me levanté sin saber cómo iba a resolverse nada. La fe, tal como yo la he vivido, no ha sido ausencia de miedo. Ha sido decidir caminar aunque el miedo venga conmigo.
Durante mucho tiempo confundí fe con certeza de los detalles. Quería que Dios me mostrara el mapa completo antes de dar el primer paso: el cómo, el cuándo, el con quién. Y lo que aprendí —despacio, con humildad— es que la fe casi nunca se entrega así. Se entrega paso a paso, como una vela que solo ilumina el siguiente tramo del pasillo.
Primero el pie. Después el camino.
Piensa en Moisés frente al Mar Rojo. Detrás, un ejército; delante, agua. No había camino, y sin embargo la instrucción fue avanzar. El mar se abrió, pero se abrió cuando ya no quedaba otra dirección que la obediencia. Y años después, con Josué al frente, el pueblo tuvo que entrar al Jordán con los pies en el agua para que las aguas se detuvieran.
Esa es la parte que a las mujeres nos cuesta más: el primer paso. Porque el primer paso casi siempre se da sin garantías, sin aplausos y sin público. A veces el primer paso es una conversación que llevabas años evitando. A veces es una mudanza, una firma, un curso que empiezas a los cuarenta, un negocio pequeño que nadie toma en serio todavía, un «no» que dices con la voz baja pero firme.
Soltar el control
Soltar el control fue mi aprendizaje más difícil. Yo era muy buena sosteniendo todo: los planes, las personas, las apariencias. Aprender a abrir las manos me dolió. Pero cuando por fin las abrí, descubrí que el Espíritu Santo no me estaba pidiendo pasividad, sino compañía. Confiar no era quedarme quieta. Era dejar de forzar y empezar a discernir.
Porque la fe también tiene manos. Se prepara, estudia, ahorra, pregunta, se levanta temprano, cuida su reputación, elige mejor sus relaciones. Hay ideas valiosas en el mundo sobre convicción, mentalidad y acción, y no les tengo miedo: las escucho, aprendo de ellas y las pongo en su lugar. Ninguna sustituye a Dios. Pero algunas nos recuerdan que la obediencia se demuestra moviéndose.
Y algo más que he visto una y otra vez: Dios rara vez abre el camino como yo lo había imaginado. Ha usado personas que no esperaba, puertas que parecían cerradas, oportunidades que llegaron disfrazadas de retraso. Lo que yo llamé pérdida, muchas veces era redirección.
Así que si hoy estás delante de tu propio mar, quiero decirte esto con toda la ternura de la que soy capaz: no necesitas ver todo el camino para empezar a caminarlo. Necesitas dar el paso que sí puedes dar hoy, con las manos abiertas y el corazón sostenido.
La certeza no está en lo que ves. Está en Quien te sostiene mientras caminas.
Con cariño, y de Reina a Reina, Madame Luzma

